06 abril 2008
Piano de cola y noticias radiadas
Arte árabe
Dubai, puente artístico
Art Dubai
La ciudad de los rascacielos de los Emiratos Árabes, Dubai, acaba de celebrar la segunda edición de su feria de arte contemporáneo, la más destacada de Oriente Medio y en la que se pueden contemplar las nuevas creaciones de Oriente y Occidente. Las sorpresas están aseguradas.
The Clash
El 'hippy' que quiso ser punk
Un documental de Julian Temple retrata las turbulencias intelectuales y las dudas artísticas del músico Joe Strummer, fundador de The Clash
DIEGO A. MANRIQUE (EL País) 06/04/2008
El leitmotiv de Vida y muerte de un cantante: Joe Strummer son las hogueras. En diferentes localizaciones se encienden vistosas fogatas nocturnas; alrededor, amigos y amantes de Strummer comparten sus memorias, mientras suena una exquisita selección radiofónica del difunto.
Éstas no son hogueras apocalípticas, de supervivientes. Son hogueras contraculturales, donde una gente da la espalda a las luces de la ciudad y examina añejas revoluciones. Son, vamos a decirlo, hogueras hippies donde se fuma, se canta y se cuentan historias. El realizador, Julian Temple, argumenta que Strummer alcanzó la paz interior en sus últimos años, cuando encabezaba los Mescaleros, banda de impacto modesto. Hay que verle acampando en el festival de Glastonbury, feliz de estar haciendo lo mismo que los primeros pobladores de la isla 2.000 años atrás. De repente, este hombre de familia muere de una inadvertida deficiencia cardiaca.
Así terminaba una vida de impostura. Joe Strummer era en realidad John Mellor, hijo de diplomático y educado en un colegio privado. El seudónimo, con su nombre corriente y su apellido proletario (strummer significa rasgueador, de oficio tocador de guitarra), indica la voluntad de desclasamiento, la atracción por el mito del itinerante trovador comprometido, a lo Woody Guthrie. Joe trabajó en un cementerio y en lo que se terciara, hasta que entendió que era más cómodo cobrar el paro e instalarse de okupa.
Strummer se subió al tren del pub rock pero, como ese convoy apenas se movía, saltó al del punk rock, que llevaba una velocidad vertiginosa. De The 101'ers pasó a The Clash, abjurando de las actitudes hippies y practicando una demagogia que, sabemos, no le dejaba dormir tranquilo. Además, solía perder el control. Terminó a golpes con Mick Jones, despidió sin contemplaciones a Topper Headon... y luego reveló que era un yonqui. Headon pasó el mal trago de escuchar su Rock the casbah tocado por otro baterista, aunque Strummer también recibiría un golpe brutal al ver, durante la primera guerra del Golfo, cómo cargaban en un avión una bomba que llevaba esa inscripción (la canción sigue siendo favorita de las emisoras militares inglesas y estadounidenses en Irak).
Igualmente, Strummer parece el responsable de volver a llamar a Bernie Rhodes, representante megalómano que todavía asegura ser el inventor de The Clash (y del punk en general). Las declaraciones seleccionadas por Temple sonrojan. Se escuda en la relación de Joe con el cine para colar algunos delirios: como Martin Scorsese asegurando que la energía de Toro Salvaje deriva de The Clash.
Por el contrario, quedan muchos enigmas. Poco antes de morir, Strummer y Jones se reúnen y tocan temas de The Clash. Típicamente, no ocurre en un evento de la industria, como su ingreso en el Rock & Roll Hall of Fame, sino en el concierto de apoyo a unos bomberos en huelga. ¿Habría resistido Strummer la millonaria presión para volver a girar? Con otro grupo, no importaría. Pero The Clash era diferente.
Strummer en Adn.es
El rey
Elvis, sex & rock
BÁRBARA CELIS (EL País) 06/04/2008
Peter Guralnick publica en España la megabiografía del 'rey del rock and roll', en la que revela una peculiar relación con las mujeres marcada por la omnipresencia de su madre
Si la inmortalidad tuviera nombre y apellidos, podría llamarse Elvis Presley. Hace ya tres décadas que el maltratado cuerpo del hombre que inventó el rock and roll abandonó el mundo de los vivos con apenas 42 años. Pero la mezcla de talento, carisma y vulnerabilidad que aún hoy trasciende a través de su música, unida a la tragedia de su autodestrucción personal, cimentaron el nacimiento de un mito que en el fondo siempre soñó con la inmortalidad, pero nunca confió en poder alcanzarla. "¿Cómo me recordará la gente? Nadie se acordará de mí. Nunca hice nada perdurable. Nunca he hecho un clásico del cine. Pero mi misión en la vida es hacer feliz al mundo con la música. Y nunca pararé hasta el día de mi muerte". Una noche de aterradora soledad pocos meses antes de morir, Elvis le confiaba dudas como aquéllas a Kathy, una de sus múltiples amantes, mientras ella ejercía de madre y le tomaba la mano como se hace frente a un niño asustado.
"Le gustaba toquetear en plan quinceañero, hasta que te graduabas en maternidad", dice una de sus novias
Lo sabemos gracias a Peter Guralnick, autor de Último tren a Memphis y Amores que matan, los dos tomos de la biografía que desde Bob Dylan hasta toda la crítica especializada consideran una de las mejores obras sobre la vida de un músico y, sin duda, la mejor sobre Elvis Presley. El segundo tomo, hasta ahora inédito en España, abarca desde su llegada a Alemania para hacer el servicio militar, en octubre de 1958, cuando ya era una estrella consagrada, hasta su muerte el 16 de agosto de 1977. El conjunto de la obra llega la próxima semana a las librerías, editada por Global Rhythm.
Escrita a lo largo de 11 años y con cientos de entrevistas, entre las que quizá sólo falte la voz de Lisa Marie Presley, la hija del cantante, se publicó por primera vez en Estados Unidos en 1999 y en ella hay revelaciones sorprendentes sobre la intimidad de un artista cuya leyenda de sex symbol tropieza con las declaraciones de sus múltiples amantes sobre su falta de interés sexual. "Elvis siempre mantuvo una relación muy especial con las mujeres. Frente a ellas era capaz de manifestar toda su vulnerabilidad. Pero quizá por la intensa relación que mantuvo con su madre, cuya pérdida nunca consiguió superar, todas las mujeres que pasan por su vida toman forma de mujer-madre, o mujer-enfermera", explica Guralnick durante una entrevista telefónica.
Es cierto, ellas se derretían en su presencia, afirman todas las entrevistadas, pero la realidad es que a Elvis el sexo le interesaba poco. Según Sheila, una de sus centenares de novias, él prefería el sexo adolescente al coito. "Lo que más le gustaba era besar y toquetear, en plan quinceañero, hasta que te graduabas en maternidad. Entonces te convertías en la persona que le cuidaba, el que le traía cosas en medio de la noche, agua, pastillas, comida...". Además, las drogas tampoco ayudaban. "Besaba muy bien y era muy romántico, pero tomaba tantas pastillas que era imposible que funcionara como un hombre", recuerda en el libro otra amante, Barbara Leigh.
Incluso Priscilla Presley, la mujer que probablemente le conoció mejor y que se pasó años rogándole ser desvirgada -"no cariño, cuando llegue el momento", era siempre su respuesta-, asegura que Elvis buscaba más una compañera con la que hablar que con la que mantener relaciones sexuales. El cantante se enamoró de Priscilla cuando ella sólo tenía 14 años, pero desde los 16 consiguió mantenerla a su lado, virgen, y cuando tras casi una década se casó con ella, la rechazó sexualmente en el momento en que Priscilla dio a luz a su hija Lisa Marie. "Decía que no le gustaba el sexo con las mujeres que han sido madres", cuenta ella en el libro.
Si Peter Guralnick pudiera resucitar a Elvis Presley, le preguntaría por la música. "Si quieres llegar a profundizar en los sentimientos de un artista, tienes que hablar de lo que realmente despierta su pasión, y en el caso de Elvis la música lo era todo". Para Guralnick, también. Por eso, este autor de Boston amante del blues y también biógrafo de Sam Cooke, decidió escribir sobre El Rey, pero con tal nivel de detalle que al terminar de leer Amores que matan, uno siente que ha estado frente a Elvis. "Leí sus primeras entrevistas y descubrí a un hombre inteligente, que sabía de lo que hablaba, entregado a su pasión, y me entró curiosidad. Y por supuesto, me encantaban sus primeros discos, los que editó Sun Records, aquellos con los que revolucionó el mundo de la música y con los que nació el rock and roll", explica.
Pronto entendió que tardaría años en completar su propósito. "Yo quería contar la historia de alguien que contra todo pronóstico consigue lo que quiere gracias a su voluntad y a su deseo, pero ésa es sólo la primera parte, la que se cuenta en Último tren a Memphis. En cuanto a Amores que matan, es la historia de la pérdida de la inocencia y, sobre todo, la historia de alguien clínicamente deprimido, una víctima, no un monstruo", asegura.
Dexidrinas para desayunar, inyecciones de vitaminas, combinados químicos para mantenerse despierto y bombas variadas de Valium y otras sustancias para inducir el sueño. Este menú de farmacia, con el que Elvis inauguró su vida militar mientras estaba destinado en Alemania -todos los soldados tomaban anfetaminas para enfrentarse a las maniobras-, se convirtió en un hábito que, como todo adicto, decía controlar. Ninguno de sus amigos se atrevió durante años a criticarlo, entre otras cosas porque la llamada mafia de Memphis (los amigos de la infancia que le servían de corte, guardaespaldas, confidentes y compañeros de aventura) hacía exactamente lo mismo. "¿Alguien le decía al presidente Kennedy que consumir calmantes a la velocidad que él lo hacía no era sano? En los años sesenta, todavía se veía con buenos ojos tomar sedantes, tranquilizantes y anfetaminas, y desde luego, en el entorno de Elvis, nadie se atrevía a llevarle la contraria", afirma Guralnick.
Pero no se puede entender el curso que tomó la vida del cantante sin entender el lugar dominante que con el paso del tiempo fueron ocupando los cargamentos de pastillas de colores que recibía por correo desde diversos puntos de la geografía estadounidense y a través de su médico, el infausto doctor Nick. Evitando caer en el morbo, Guralnick desentraña su relación con las drogas en Amores que matan, donde se relata desde la primera y única experiencia que tuvo con el LSD hasta las razones religiosas con las que Elvis se autoengañaba para drogarse. Todos tenemos a la divinidad dentro", le dijo un día a Joyce (otra amante). "Entonces, si somos dioses, o llevamos a la divinidad dentro, ¿para qué necesitamos drogas?", inquirió ella. "El silencio es el lugar en el que descansa el alma. Es sagrado. Y es necesario para que nazcan nuevos pensamientos. Para eso sirven mis pastillas. Para llegar lo más cerca posible del silencio".
Fue su peluquero, Larry Geller, quien en 1964 le abrió las puertas de la teología. Hinduismo, budismo, cristianismo, autoayuda... Elvis devoró más de cien libros en un año dedicados a todos los ismos religiosos en busca de una respuesta a las preguntas que aquejan a todo ser humano. ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? Pero sobre todo... ¿por qué YO he sido el elegido? En esa búsqueda por encontrarse a sí mismo y por entender el porqué de su éxito profesional, Guralnick relata cómo Elvis, tras un año de intenso estudio sin que Dios le ofreciera respuestas concretas, se enfrentó a Larry. "Tienes que dejar tu ego a un lado para dejar entrar a Dios, olvídate de los libros y del conocimiento y vacíate para que Dios pueda entrar en ti", le dijo su peluquero-gurú durante un viaje a Nuevo México. Elvis aceptó la crítica con humildad y al rato, mientras conducía en silencio a través del desierto, creyó ver a Stalin dibujado en una nube. Paró el coche y gritó excitado: "¿Por qué Stalin, qué hace ahí arriba?". El rostro de Stalin se transformó en el de Cristo y ahí fue cuando Elvis creyó haber tenido su primer encuentro con Dios. "¿Qué pensarían mis fans si me vieran ahora?", le preguntó a Larry con lágrimas en los ojos. "Te querrían aún más". "Eso espero", contestó. No defraudar a sus admiradores era una de sus obsesiones, y quien haya visitado Graceland, su casa de Memphis, sabe que el fervor religioso que aún le profesan sus fans indica que Elvis consiguió su objetivo.
En medio de la década de los sesenta, su vida no le llenaba, pero los setenta fueron aún peor, un precipicio de adicción, depresión y enfermedad que le llevó a la muerte. Nunca conseguiría alcanzar la satisfacción plena que sí caracterizó sus primeros años de carrera. El Coronel Tom Parker, el manager genial y diabólico que revolucionó con sus técnicas el mundo del espectáculo construyendo el fenómeno Elvis cuando aún no existía el culto a la celebridad pop, consiguió hacer del artista el músico mejor pagado de la historia, además del actor con el caché más alto de Hollywood. Sin embargo, su figura castrante planea a lo largo de todo el libro, evidenciando una relación que fue tan fructífera económicamente como frustrante desde el punto de vista creativo. Tras su regreso a Estados Unidos en 1960, el Coronel embarcó a Elvis en un sinfín de producciones cinematográficas de guión pésimo y desafíos musicales mediocres, sin permitirle que tocara en directo durante casi una década, cuando en realidad toda la fuerza de Elvis residía en los directos. Cuando resucitó en Las Vegas en 1969, tuvo un regreso triunfal a los escenarios, pero su depresión y su adicción a las drogas ya estaban demasiado avanzadas y ni siquiera el placer de volver a actuar frente al público pudo salvarle de sí mismo. De ahí en adelante fue todo una caída hacia el vacío, el mismo que él sentía dentro. Según Guralnick, "hubo mejores cantantes, con mejores voces, pero nadie era capaz de comunicar emociones como lo hacía él, ése era su secreto y por eso hoy seguimos hablando de Elvis".
Con los pantalones del pijama bajados hasta el suelo y envuelto en vómitos
Ginger se despertó hacia la una y media, se dio la vuelta en la cama, volvió a dormir unos minutos y luego llamó a su madre. ¿Cómo estaba Elvis?, le preguntó, y Ginger le dijo que no lo sabía, que no había vuelto a la cama y que quizá debería ir a ver cómo se encontraba. Se lavó y se maquilló en su cuarto de baño, y luego llamó a la puerta del cuarto de baño de Elvis. Al no obtener respuesta, empujó la puerta y lo encontró tumbado en el suelo, con los pantalones del pijama dorado bajados hasta los tobillos y el rostro enterrado en un charco de vómito sobre la mullida moqueta. Aturdida, llamó al piso de abajo y pidió hablar con alguien que estuviera de servicio, y la sirvienta le puso con Al Strada. Creía que algo iba mal, le dijo. (...)Al estaba inclinado de rodillas sobre Elvis cuando Joe llegó subiendo a saltos la escalera, y entre los dos consiguieron dar la vuelta al cuerpo. Joe intentó insuflarle algo de vida. Por un momento pareció que el tiempo quedaba en suspenso, pero luego todo empezó a suceder a la vez, el dormitorio se llenó rápidamente de gente... Joe intentaba reanimar desesperadamente a Elvis, pero ni a él ni a nadie le cabía la menor duda de que Elvis ya no estaba; tenía la cara hinchada y morada, la lengua había perdido el color y le colgaba por la boca, los ojos estaban inyectados en sangre. (...)Todo el mundo gritaba cuando una ambulancia del cuartel nº 29 de Whitehaven, a pocos minutos de Graceland, llegó con dos enfermeros. Aquello parecía una matanza -según describieron la escena posteriormente los enfermeros-, con doce personas rodeando el cuerpo casi irreconocible e intentando ayudar. ¿No podían hacer algo? Un hombre con gafas oscuras y montura dorada de diseño, con una sudadera de fútbol que llevaba el lema Hawaii'75 escrito, y que, según supieron más tarde, se trataba de Al Strada, dijo que creía que Elvis había sufrido una sobredosis, lo mismo que les habían dicho en la puerta antes de que supieran quién era la víctima.Fragmento de Amores que matan, segunda parte de la biografía de Elvis Presley escrita por Peter Guralnick y editada por Global Rythm.
Ian curtis, ese personaje inquietante
Ian Curtis según su viuda
RAMÓN FERNÁNDEZ ESCOBAR (El País) 06/04/2008

El cantante de Joy Division quebró con su suicidio en 1980 la breve pero influyente trayectoria de la banda británica. Una antología del grupo y un libro escrito por su mujer renuevan su aureola. Ella, Deborah Curtis, nos desentraña al personaje.
Sería difícil encontrar un lugar más oscuro en la música que Joy Division. Su nombre, sus letras y su cantante fueron una nube negra tan grande como cualquiera del cielo”. Bono, el vocalista e ideólogo de U2, definía así la banda de Manchester (1976-1980) al reconocerla como influencia clave. Parecido efecto tuvo en The Cure y otros contemporáneos, en cualquier hornada posterior de músicos desolados y, cómo no, en los actuales revivalistas (Interpol, Editors…) del post-punk de finales de los setenta.
El influjo de sus dos discos, Unknown pleasures y Closer, “áspera y turbadora mezcla de elementos viscerales y etéreos” (según The New York Times), sólo compite con la dimensión de icono y mito de su letrista y cantante suicida, Ian Curtis. La leyenda vuelve a agitarse en estos días gracias a un disco recopilatorio, The best of Joy Division (Warner), y la publicación en castellano de Touching from a distance: la vida de Ian Curtis y Joy Division (Metropolitan Ediciones), texto inspirador del filme de Anton Corbijn Control (2007), que ya pudo verse en el pasado festival de cine de San Sebastián.
Y nadie mejor que la autora del libro, Deborah Curtis (Liverpool, 1956), viuda de Ian, para desentrañar el misterio de su marido, el hombre que, con su grupo acariciando la fama, se quitó la vida a los 23 años. “Publiqué Touching from a distance en 1995 y me ayudó a cerrar heridas, pero sólo recientemente he empezado a comprender. Y en eso la edad y la experiencia han sido fundamentales”, confiesa Deborah desde su domicilio británico. Pese a su timidez, disecciona las paradojas de Ian Curtis: el músico, por ejemplo, siempre mostró curiosidad por vidas poco convencionales, mientras que en la suya contraía matrimonio aún adolescente y cultivaba la fe en el Partido Conservador. “Quién sabe si sus ideas habrían luego cambiado, aunque sinceramente pensaba que, tras la terrible recesión vivida durante los años de gobierno laborista, los políticos conservadores contribuirían a un mejor futuro. Y en lo personal Ian lo quería todo, como la mayoría de los hombres: le atraía lo extraordinario y a la vez buscaba la seguridad de un hogar feliz”.
La relación de la pareja no resultó fácil. Ian aparece en el libro como celoso y posesivo, además de inmerso en un romance con una joven belga: “Ahora pienso que los celos provenían de su inseguridad y su carácter vulnerable. Antes de que todo se fuera al garete, yo sentía que éramos un equipo invencible. Luego su enfermedad y nuestra incapacidad para lidiar con ella se interpusieron entre nosotros”.
Al margen del debate sentimental de Ian (le había pedido a Deborah desistir de su demanda de divorcio la misma noche del suicidio), fueron la epilepsia y la depresión las que impulsaron el desenlace. “Creo que la depresión no se le trató como podía haberse hecho ahora. Y en la epilepsia se dio una coincidencia macabra: antes de padecer síntomas y por su trabajo en los Servicios Sociales, Ian ya era un experto en la enfermedad. Debió de sentirse aterrado al descubrir después que aquello también le pasaba a él”. No fue la única premonición: su convulsa forma de bailar en el escenario, similar a los ataques epilépticos, se remontaba a años atrás. “Siempre quiso un estilo diferenciado, pero también creo que desprendía violencia, reflejo de cómo se sentía”.
En directo con Joy Division, Ian padeció varios ataques (el público a menudo creía que formaban parte del show), y el ritmo de actuaciones, consentido por él, no favorecía su salud. Justo en vísperas de la primera gira estadounidense, decidió ahorcarse con la cuerda de la ropa. Nada extraño, teniendo en cuenta la sobredosis que meses antes había sufrido con un medicamento (de chaval había protagonizado otra, fruto de sus experimentos con las drogas) y lo que parecía desprenderse de las canciones de Closer, el álbum póstumo. Eso sin contar su etapa adolescente, en la que idealizaba morir joven. “Me cuesta mucho creer que al final mantuviera esas ideas románticas: estaba sufriendo de verdad”, rebate Deborah.
Ian parecía obsesionado con el dolor durante la composición de Closer. Entre sus lecturas figuraba la morbosa Crash, de J. G. Ballard. Y los otros miembros de Joy Division admiten no haber captado las señales de alarma. Deborah al menos goza de coartada: nunca pudo escuchar las cintas. De hecho, después del primer álbum fue apartada de las actividades del grupo. “Cierto ayudante me llegó a soltar: ‘¡cómo vamos a tener a la mujer embarazada de seis meses de una estrella del rock delante del escenario!’. Y ahora, cuando veo a músicos presumiendo de hijos me entristece que Ian no esté aquí para hacerlo”.
La única hija de la pareja, Natalie, es fotógrafa. “Empezó a disparar con sólo cuatro años. En uno de sus primeros recuerdos se ve sentada en el suelo de casa mirando unas instantáneas que Kevin Cummins le había hecho a Joy Division”. Cummins y el holandés Anton Corbijn son los responsables de las imágenes en blanco y negro que fijaron el estatus del grupo, y especialmente de Ian Curtis, como iconos. Y Corbijn se ha pasado al cine para dirigir Control, coproducida por la propia Deborah: “Ian estaría contento si la viera”.
El cantante vivió fanáticamente todo lo visual (en otro guiño tétrico, se había volcado con la portada funeraria de Closer). Sus relaciones con sus compañeros, Bernard Sumner, Peter Hook y Stephen Morris, posteriores triunfadores como New Order, fueron buenas: “Como una familia. Ian además les tenía musicalmente un tremendo respeto”.
05 abril 2008
Ahora
El presente continuo se revisa en Barcelona
Talleres, conferencias, documentales e instalaciones toman el CCCB para reflexionar activamente
Dos veces al año, desde 2006 y hasta 2009, el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) se viene prestando (y prestará) como plataforma de reflexión sobre el presente. Este análisis se hace a partir de las transformaciones científicas, tecnológicas, artísticas, sociales y espirituales que están teniendo lugar en este preciso momento.
La quinta edición de NOW (Ahora) explora tres grandes paradojas del presente que alteran e influyen tanto en la investigación como el activismo. La primera es la contaminación lumínica, en un momento en que la ciencia nos invita a un conocimiento inédito del universo y no podemos ver las estrellas.
La segunda es el sobrepreso, cuando encontramos que, por primera vez, los obsesos han superado a quienes pasan hambre creándose así sistemas irracionales de sobreproducción de comida. Por último, el hecho de que, mientras las nuevas tecnologías están al alcance de un número cada vez más amplio de ciudadanos, el control de sus sistemas operativos está en manos de unos pocos. Es por eso que desde el 3 hasta el 6 de abril, conferencias, documentales, instalaciones y talleres se llevarán a cabo con el propósito de generar discusión sobre cualquiera de estos puntos. La entrada es gratuita.
Atlas de frecuencias
Es el caso del Atlas del Espacio Radioeléctrico. Una pared multicolor visualiza la estructura de la asignación de las frecuencias y el usuario puede navegar sobre ésta viendo cómo están reguladas y su relación con las tecnologías diarias como la radio, la televisión o la red. La pieza se agradece a sus creadores, en estos momentos en que pasamos de lo análogo a lo digital.
"El espectro electromagnético es un recurso finito que se debe administrar y actualmente es un proceso más bien opaco, donde la sociedad civil no está participando. Hay muy poca discusión pública", dice José Luis de Vicente, uno de los autores del Atlas junto a Irma Vilà y el colectivo Bestiario.
La pieza no se queda ahí. Es además una base de datos de todos aquellos colectivos de artistas, diseñadores, activistas, hackers y movimientos sociales, que han usado la tecnología de un modo creativo, dándole una relectura a su uso y enriqueciendo su potencia social.
El documental Good Copy Bad Copy de Andreas Johnsen, Ralf Christensen y Henrik Moltke se exhibirá el sábado 5 a las 17:30 y es una reflexión acerca del estado actual de los derechos de autor. A través de entrevistas tanto a artistas, como productores musicales, activistas del copyleft como el abogado Laurence Lessing, el film recorre el panorama creativo y sus limitantes comerciales y jurídicas.
Conocimiento libre
Para el NOW harán un mercado de intercambio conocimientos donde se puede aprender desde montar una cooperativa ecológica hasta crear un fanzine.